MACARIO: TRADICIÓN, CIUDAD Y MEMORIA
La nueva portada de la Edición 1418 "Un verano para reencontrarnos"
Por Stefanny Peña
30 de agosto de 2026
De niños, creamos algunos de nuestros mejores recuerdos en el colegio. Entre uniformes, amigos, juegos y primeros aprendizajes, vamos quemando etapas, acumulando vivencias, mientras la escuela sigue siendo testigo de nuestro crecimiento. Pero en Valencia había algo que marcaba la salida de clases: esa hora en la que tus papás te iban a buscar y, de pronto, el calor del mediodía se disipaba con la imagen más esperada. Ahí estaba, frente al portón, un señor con su carrito metálico. Bastaba con mirarlo para que los ojos se nos iluminaran y dijéramos: “Mami, ¡cómprame un raspado!”.

Ese señor que nos refrescaba la vida a la salida del colegio y que, hoy en día, lo sigue haciendo con la misma paciencia y nobleza es Macario Gutiérrez. Un personaje que habita en lo más profundo del corazón valenciano. Basta pronunciar su nombre para que miles de adultos sonrían al instante y vuelvan a sentirse de diez años.

A sus 72 años, Macario sigue empujando con orgullo el mismo carrito con el que empezó a escribir su historia en la capital carabobeña. Es el hombre detrás de las tardes calurosas de nuestra infancia o de ese premio después de un partido del colegio. En esta edición de verano —donde la ciudad busca, más que nunca, reencontrarse, sanar y volver a abrazar lo suyo—, la portada le pertenece a quien ha edificado su vida con trabajo honrado, con esa sonrisa franca que lo caracteriza y con una memoria viva que cobija a más de tres generaciones.

El viaje de los «caminos verdes»
La historia de Macario con Valencia comenzó a finales de la década de los setenta. Tenía unos 27 años cuando dejó su tierra natal, Colombia, y cruzó la frontera por los llamados «caminos verdes», buscando abrirse paso en una Venezuela próspera y generosa.

Sus primeros pasos en el comercio ambulante no fueron entre cepillados, sino entre panes y salchichas. «Yo vendía perros calientes en el colegio José Félix Sosa, en Naguanagua», recuerda con nitidez. Poco después, por consejo de un amigo que vendía cepillados, decidió probar suerte con los raspados. Pasó brevemente por el colegio María Montessori, pero el destino —y las mejores ventas— lo condujo de manera definitiva hacia el portón del colegio La Salle entre los años 1979 y 1980.

Desde entonces, su mapa cotidiano se extendió a los lugares donde la juventud valenciana crecía y se encontraba. Aunque ha recorrido casi todos los planteles de la ciudad, conserva un agradecimiento profundo y particular por instituciones como Camoruco, La Salle, La Fe y Joseph Lancaster.

«Lo poquito que yo vendo es para comprar los alimentos para mi familia y para mí alguito», expresa con esa humildad que lo caracteriza. «Estoy muy agradecido con todos los muchachos, con el alumnado, que me han ayudado tanto».

El puente entre generaciones
Los niños que en los años ochenta y noventa corrían con el uniforme sucio a pedirle un cepillado de uva o la emblemática «colita con leche condensada» hoy son hombres y mujeres, profesionales y padres de familia, que regresan a buscarlo de la mano de sus propios hijos.

«Las personas de aquellos tiempos hoy en día se asombran, porque me conocieron pequeñitos y ahora tienen hasta hijos», relata Macario. «Ellos le dicen a los niños: “Miren, este señor, Macario, me vendía helados a mí cuando yo estaba de tu tamaño”, y los niños quedan asombrados».

La familia como ancla, los estudios como norte
Cuando se le pregunta qué es lo más importante en la vida, no duda un segundo: «Todo es importante, pero más que todo la familia. La familia es la que está contigo en las buenas y en las malas. Los amigos son contaditos; el amigo se conoce cuando uno está enfermo, preso o en el hospital. En cambio, la familia siempre está ahí».

Esa sabiduría de calle y de años de trabajo continuo la traslada diariamente a los jóvenes que se acercan a su carrito. «Aprovechen el tiempo que les dan sus padres en los estudios, para que el día de mañana tengan un buen porvenir», aconseja con tono paternal. «Si usted no aprovecha el tiempo que sus padres le dan para que mañana sea grande en el futuro, entonces usted está perdiendo el tiempo», les recuerda a las nuevas generaciones valencianas.

Quizás Macario nunca imaginó que aquel carrito que comenzó a empujar hace más de cuatro décadas terminaría cargando mucho más que hielo, sabores y leche condensada. Allí también viajan los recuerdos de quienes alguna vez salieron del colegio con unas monedas en la mano y hoy regresan convertidos en padres.

Valencia ha cambiado. Sus calles, sus colegios y sus generaciones también. Macario, en cambio, sigue allí. Y quizás por eso verlo todavía empujando su carrito nos recuerda que hay personas que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en parte de una ciudad.